domingo, 19 de mayo de 2013

Del libro Tiempo De Callar, del autor homenajeado Hernando Track.

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            La verdadera creación nunca se promete un destino; elaborada en el acallamiento y la soledad, crece, como algunos líquenes, en la quietud de ciertos remansos donde gobierna el ordenamiento y administra la claridad. Pero si está levantada en la soledad, también es el punto omega donde convergen todos los ruidos del mundo y las voces de todos los hombres. Allí, precisamente, está su valor. Y el escritor auténtico es el que sabe escuchar. Cerrado aquel oído que constituya el cordón umbilical entre el artista y el mundo, la obra de arte pierde su sentido y su calidad. Pero esto no significa que necesariamente deba sostener una tesis; la única tesis que todavía vale la pena ser defendida, es el hombre. Y quizá nunca perderá su eficacia. A menos que la insensibilidad de la época decida precipitarnos al apocalipsis, un desastre que no ha consultado ni la ternura ni el amor de unos pocos para quienes el mundo –a pesar de carecer de un sentido que lo trascienda- no merece ser destruido. Porque, después de todo, es en el mundo donde están el torso iluminado de la colina y la casa, y la miel del día ya extinguido, mientras, como chispas en el yunque de una herrería, las primeras estrellas ordenan el cielo. Su pensativa observación de los hombres no tiene edad. Pero, entonces, las ventanas comienzan a iluminarse: otra mil, más oscura y espesa, sosiega el corazón de los hombres. Y esta conciliación demuestra que no todo es absurdo, que tiene tanto sentido recordar a la cabecera de los enfermos, como escuchar la música pectoral que dulcifica la respiración de los niños. Basta una luz desierta en la noche de los amantes para enseñar que la vida tiene un sentido. Este sentido se encuentra extraviado, pero algunos hombres saben que este sentido existe.
            En Florencia, cerca de los muros cavilosos de la Annunziata, las rosas bermejas y blancas pacifican el aire, sonriendo suavemente en la primavera más dulce y sosegada que he visto. El mundo adquiere un sentido en aquellas rosas, y también en las aldeas, sonreídas y blancas, que asoman entre la severidad de los pinos y en la fresca que verdiguea entre los viñedos. Es la mirada de los hombres la que ha descaminado el sentido aquel. Y en tanto que el mudo tenga un sentido, el arte lo tiene, también, pues la vocación del artista está edificada sobre un inmensa fidelidad.     
            Y la obra de arte testimonia el vacío y la estupidez de una época en la que el culto a la máquina nos ha transformado en simples autómatas; pero también se obliga –si es que la parte puede aceptar obligaciones sin desertar de su propia naturaleza- a  testimoniar el honor de unos hombres para quienes ninguna tarea pensante resulta válida si no está estimulada por cierta luz que es la de la sensibilidad, y por cierto pesar que descansa en el desacuerdo del corazón. En un mundo desesperado la obra de arte constituye un alegato contra la misma desesperación. Conozco bien las razones que tenemos para no dormir ni velar en paz.
            En el mundo de hoy mantenerse tranquilo es una forma de volver las espaldas, lo que conduce al acallamiento de la conciencia. Pero si asistimos al espectáculo de un arte desosegado, y si el artista no puede defender la calma del corazón y la Belleza ha perdido su antigua eficacia, también es cierto que el arte puede proporcionarnos los indicios del camino extraviado. Vivimos como habitantes descorazonados, en un poblado donde solo es posible envejecer y callar. Y levantamos los ojos a las estrellas en demanda de alguna luz, atemorizados en mitad de una noche que parece no tener fin. Pero la tentativa es inútil. En vano erramos e con la mirada intranquila por un cielo demasiado distante, pues la única luz que habríamos podido encender es la que, sacrificado el fervor, apagamos en la creencia de que, estimulando la oscuridad, no podríamos ver, y entonces tendríamos el reposo que no acertábamos encontrar. La historia actual es una vergüenza y una espantosa equivocación. No es extraño, pues, que quienes la han construido se encuentren equivocados. Cuando le hicimos al arte exigencias que su esencia no podía complacer, nos transformamos en sepultureros: enterramos la Belleza, y ahora vagamos por el desierto, sin acertar a descubrir la estrella herencial que, en un tiempo menos desapacible, nos atisbaba desde un cielo en el que la noche no estaba hecha para el temor. No acepto que ahora, en muchos lugares del mundo, y por culpa de unos hombres que han perdido toda inocencia, sea necesario apagar las lámparas, y no para el amor, sino para los grandes silencios del miedo.
            Me resignaré a pensar que perdí el compás de la historia. No me interesa alcanzarla. La mía, aquella que está construida con la carne viva del corazón, me habla de una lumbre que muchas veces, me ha enceguecido, y también destinado a la oscuridad. Pero sigo viviendo apenas por el recuerdo de aquella luces; si muchas se ha apagado, es suficiente, de una parte con que haya sido favorecido por el hecho de seguirlas amando; y, de otra parte, otras, quizá más pequeñas, pero igualmente confiables y dulces, me siguen iluminando, y diciéndome que es necesario vivir, porque yo soy el único que puede velar, velar para que no desacompañe el aceite amistoso de aquellos recuerdos. Son el olivo atento en medio de la confusión. Consciente, pues, de mi propio arte, e igualmente de sus limitaciones, lo amo por ellas y a causa de ellas, porque mi parte es la del César, y la perfección corresponde a Dios. Un día –y no querría equivocarme- él me conducirá a la calma de las grandes conciliaciones; entonces le habré encontrado un sentido al pesar, y el sufrimiento no tendrá la impiedad de un rostro vacío. Ahora debo aprender que no hay arte sin sufrimiento, pero también que la Belleza es un candil, como en la escritura del salmo, colocado a los pies. No es inútil, pues, haber padecido: una felicidad excesiva me habría encaminado a ignorar a los otros, y el arte, en la última instancia, es una forma, y para mí la única, de conocimiento y de moderación." 

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